El silencio se rompió con un golpe seco desde la habitación de Don Ernesto.
Sebastián y yo nos miramos sin entendernos al principio, congelados en medio del salón. Valeria dejó caer la revista que había estado hojeando sin leer. El golpe no era fuerte, pero sí lo bastante extraño como para que los tres contuviéramos el aliento.
—Don Ernesto —murmuré, y ya estaba corriendo hacia el pasillo que conducía a su dormitorio antes de que Sebastián pudiera reaccionar.
Mi corazón bombeaba fuego mientras