Sebastián regresó a la mansión pasada la medianoche.
Le oí antes de verle. El motor del coche apagándose en el garaje, sus pasos firmes cruzando el vestíbulo, el leve crujido de la puerta al abrirse. Para entonces, Valeria se había quedado dormida en el sofá del salón principal, agotada por la tensión de las últimas horas. Yo seguía despierta, con los ojos fijos en la pantalla del móvil y el corazón aún galopando sin freno.
No había recibido más mensajes. Eso era lo peor. El silencio después de