Los días siguientes a la liberación de Ramiro transcurrieron en una calma tensa que ninguno de nosotros se atrevía a romper.Los guardias patrullaban el jardín a todas horas. Las cámaras vigilaban cada rincón. Sofía ya no podía corretear libremente por los cipreses sin que un adulto la acompañara, y aunque la niña se quejaba a veces, Adrián no estaba dispuesto a correr riesgos. Nadie lo estaba.—Esto no es vida —murmuró Valeria una tarde, mientras tomábamos café en la terraza del ala oeste—. Vivir encerrados, con miedo, mirando por encima del hombro.—Es temporal —respondí, aunque no sabía si lo creía de verdad—. En cuanto juzguen a Ramiro, todo volverá a la normalidad.—¿Y Camila?Esa era la pregunta que nadie quería responder.Porque Ramiro estaba localizado. Sabíamos dónde vivía, qué hacía, con quién hablaba. Pero Camila seguía siendo un fantasma. Los investigadores de Sebastián no encontraban ni una sola pista. Su ático estaba vacío. Sus cuentas bancarias, congeladas. Su teléfono,
Leer más