A la mañana siguiente, Sebastián se levantó antes del amanecer.
Lo oí moverse por la habitación en penumbra, abrir el armario, cerrar cajones con movimientos precisos. Me incorporé sobre los codos y lo vi frente al espejo, anudándose la corbata con la misma expresión fría de los primeros días. El Témpano. Pero ya no me asustaba. Ahora sabía que bajo el hielo ardía un fuego que solo yo podía ver.
—¿Vas a ver a Luciano? —pregunté, con la voz todavía pastosa por el sueño.
—Sí. Quiroga lo tiene en