Los días siguientes a la liberación de Ramiro transcurrieron en una calma tensa que ninguno de nosotros se atrevía a romper.
Los guardias patrullaban el jardín a todas horas. Las cámaras vigilaban cada rincón. Sofía ya no podía corretear libremente por los cipreses sin que un adulto la acompañara, y aunque la niña se quejaba a veces, Adrián no estaba dispuesto a correr riesgos. Nadie lo estaba.
—Esto no es vida —murmuró Valeria una tarde, mientras tomábamos café en la terraza del ala oeste—. Viv