---El mensaje de Ramiro nos dejó en vela toda la noche.Sebastián llamó a sus abogados a las dos de la madrugada. A las tres, Armando Quiroga y su asistente Darío ya estaban en el despacho de la mansión, con los ojos hinchados por el sueño y varias tazas de café humeando sobre la mesa de caoba.—¿Qué pruebas puede tener? —preguntó Sebastián, paseándose de un lado a otro como un león enjaulado—. El contrato ya lo filtró Camila. No hay nada más.—Eso creemos —respondió Quiroga, ajustándose las gafas—. Pero Ramiro es un hombre astuto. Si dice que tiene pruebas, puede que no sea un farol.—¿O sí? —intervine yo, desde la butaca donde me había sentado—. ¿Y si está mintiendo para asustarnos?—Es posible, señora Del Valle. Pero con Ramiro nunca se sabe.Darío, el asistente, tomó la palabra con su habitual tono nervioso.—Hay algo más, señor Del Valle. Hemos investigado a Adrián Fuentes. Su historial es limpio, pero hay algo que nos preocupa.—¿Qué?—Antes de venir aquí, alguien contactó con
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