—¿Nieve? —pregunté, mirando a Sebastián con los ojos abiertos como platos—. ¿En serio?Él sonrió, con esa sonrisa de niño que solo aparecía cuando planeaba algo especial. —Hay una lugar muy especial que quiero mostrarte, se puede andar en esquí y hay cabañas, ya es tiempo de divertirse. No vamos a esquiar, solo a pasar el día. Hay un área familiar con trineos, chocolate caliente y mucha nieve. Les he dicho a todos.—¿A todos?—A todos.Y tenía razón. Cuando el coche se detuvo frente al chalet de madera que había alquilado para el día, ya habíamos llegado toda la familia allí, la mamá de Sebastián, con su bufanda roja y una sonrisa que iluminaba el paisaje; Adrián y Valeria, de la mano, con las mejillas coloradas por el frío, Don Ernesto, que había insistido en viajar con nosotros a pesar de la silla de ruedas y Quiroga, que ya había inspeccionado el perímetro y se preparaba para pasar el día "de incógnito", aunque todos sabíamos que estaría vigilando desde la distancia.Matías, en bra
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