La mañana después de la boda amaneció con el cielo cubierto de nubes grises, como si el mundo también estuviera guardando silencio. El jardín, que ayer brillaba con flores y velas, hoy parecía más quieto, más íntimo. Los jazmines aún perfumaban el aire, pero su aroma era más suave, como si supieran que el día no era para celebraciones, sino para despedidas.Bajé las escaleras con Matías en brazos, y encontré a Don Ernesto ya en el salón, en su silla de ruedas, mirando por la ventana con una taza de té en las manos. Con una alegría como si aún no quisiera dejar atrás el día anterior.—Abuelo —dije, sentándome a su lado—. ¿No has dormido?—No mucho —respondió, sin girarse—. Pero necesitaba estar despierto. Hay cosas que quiero hacer antes de que el día avance.—¿Qué cosas?Se giró hacia mí, y sus ojos, aunque cansados, tenían una claridad que no les había visto antes.—Quiero hablar con cada uno de ustedes. A solas. ¿Me ayudas a organizarlo?Asentí, aunque un nudo se formó en mi gargant
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