La mañana empezó con un caos que no esperaba.
Estaba en la cocina, con la pierna ya sin vendaje pero todavía apoyada en un taburete, tomando un café mientras Matías jugaba en su silla para comer, con un puñado de galletas desmenuzadas. Sebastián había salido a una reunión temprano, y Don Ernesto estaba en el salón leyendo el periódico, con su silla de ruedas orientada hacia la luz del jardín.
Era una mañana tranquila. Demasiado tranquila, para lo que vendría después.
La puerta principal se abri