—¿Nieve? —pregunté, mirando a Sebastián con los ojos abiertos como platos—. ¿En serio?
Él sonrió, con esa sonrisa de niño que solo aparecía cuando planeaba algo especial. —Hay una lugar muy especial que quiero mostrarte, se puede andar en esquí y hay cabañas, ya es tiempo de divertirse. No vamos a esquiar, solo a pasar el día. Hay un área familiar con trineos, chocolate caliente y mucha nieve. Les he dicho a todos.
—¿A todos?
—A todos.
Y tenía razón. Cuando el coche se detuvo frente al chalet d