El coche se detuvo frente a la casa a media tarde. El sol ya no estaba alto, pero su luz dorada bañaba la fachada con una calidez que parecía hecha a medida. Las contraventanas azules brillaban, aún se veían como recién pintadas, como si la casa misma se hubiera puesto su mejor vestido para recibirnos.
—Esta preciosa —dijo Sebastián, bajándose del coche y quedándose quieto un momento, observando.
—Es gracias a ti, que la restauraste.
Salí con cuidado, apoyándome en él para bajar el escalón. La