El ruido del motor me sacó de mi descanso, no era un motor cualquiera. Era el rugido seco, inconfundible, de un coche deportivo frenando en seco justo frente a la entrada de la mansión. Estaba sentada en el sofá, con la pierna vendada sobre el reposapiés y una taza de té que ya se había vuelto tibia entre las manos. Me dió un escalofrío que me recorrió la espalda. Agarré las muletas con torpeza y me puse de pie. Un dolor punzante en el muslo me arrancó un gemido ahogado.En la cocina, oí la voz de Sebastián. Estaba hablando por teléfono con Quiroga. No podía verlo, pero su tono era tenso, contenidísimo, como cuando intenta mantener la calma a la fuerza.—Quieta, no te muevas, ¡por Dios! —gritó desde la cocina. No sabía si me lo decía a mí o si se lo estaba diciendo a Quiroga.No le hice caso. Caminé apoyándome en las muletas, dando pasos torpes pero rápidos, y llegué al vestíbulo justo cuando la puerta principal se abría de par en par.Era Isabella.—Isabella —dije, deteniéndome en e
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