El domingo amaneció con un cielo gris que parecía tan indeciso como yo. Las nubes se acumulaban sobre los cipreses como algodón sucio, y el viento traía el olor de la tierra mojada que precede a la lluvia. Me quedé unos minutos frente a la ventana, con la taza de té de jengibre que la madre de Sebastián me había preparado, observando cómo el jardín se preparaba para el temporal.Dentro de mí, el bebé se movía con una suavidad que ya empezaba a reconocer. Pequeños aleteos, burbujas de vida que me recordaban que no estaba sola.—¿Estás lista? —me preguntó Sebastián, entrando en la habitación.Se había vestido con una camisa blanca y unos pantalones oscuros. Sin traje. Sin corbata. Sin la armadura del CEO. Parecía más joven, más vulnerable, más humano.—No sé para qué —respondí, con una sonrisa que intentaba ser tranquila—. Pero supongo que sí.—Hoy es el día —dijo, sentándose en el borde de la cama—. El último día antes de que nuestra vida empiece cambiar para siempre.—¿El último día?
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