Me quedé mirando el teléfono en la mano de Sebastián.
Tres palabras. Solo tres palabras y el mundo había dejado de girar a su ritmo habitual para girar al de Quiroga. Tenemos un nombre. Tan corto. Tan definitivo. Tan cargado de todo lo que llevábamos meses buscando.
Sebastián se puso de pie antes de que yo pudiera decir nada.
—Espera aquí —dijo.
—Sebastián.
Me miró. Y en sus ojos verdes vi exactamente lo que yo sentía, el alivio mezclado con el miedo de saber que los nombres tienen consecuencia