DiegoEl amanecer es algo discreto en esta casa. No se impone. Se desliza, pálido y silencioso, entre las pesadas cortinas de terciopelo, para venir a rozar los suelos encerados y los dorados deslucidos. La observo desde mi sillón, al fondo del despacho. Un coñac me hace compañía en los dedos, el ámbar del líquido captando las primeras luces.Mi pensamiento, esta mañana, no está en los negocios. Está en el piso de arriba.En ella.Valentina.Debe de odiarme. El pensamiento me hace sonreír, un ligero movimiento de los labios que no turba la calma de la estancia. Por supuesto que me odia. Lo vi, anoche, en sus ojos. Una llama salvaje, magnífica, dispuesta a reducirlo todo a cenizas, incluida ella misma. El odio es una energía tan pura. Más fuerte que la indiferencia, más interesante que la sumisión inmediata. Es un fuego que hay que saber contener, canalizar. O sofocar, lentamente, por el placer de ver la brasa apagarse bajo su propio humo.Me pregunto en qué piensa, en este instante pr
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