Diego
El amanecer es algo discreto en esta casa. No se impone. Se desliza, pálido y silencioso, entre las pesadas cortinas de terciopelo, para venir a rozar los suelos encerados y los dorados deslucidos. La observo desde mi sillón, al fondo del despacho. Un coñac me hace compañía en los dedos, el ámbar del líquido captando las primeras luces.
Mi pensamiento, esta mañana, no está en los negocios. Está en el piso de arriba.
En ella.
Valentina.
Debe de odiarme. El pensamiento me hace sonreír, un l