Valentina
Me ha quitado mi refugio. Mi independencia. Mi dignidad de trabajadora.
Salgo del despacho, evitando las miradas. Atravieso el bar como un autómata, me quito el delantal colgado detrás de la barra. Lo doblo cuidadosamente, lo dejo. Este simple gesto, abandonar ese uniforme miserable, es una derrota amarga.
Cuando empujo la puerta para salir a la noche húmeda, siento la mirada de todo el bar en mi espalda. Ya no soy Valentina, la camarera. Soy Valentina, la chica problemática. La peste