Valentina
Las lágrimas de rabia e impotencia me queman los ojos. Las reprimo. No lloraré delante de él.
—Entonces, ¿qué me queda? —murmuro, con la voz quebrada.
—Te queda la elección que siempre has tenido —dice, deteniéndose a menos de dos metros de mí—. La sumisión. Acepta tu lugar. Acepta que eres mía. Aprende a encontrar en ello... contento. Y tu madre vivirá una vida confortable, lejos de todo esto.
—¿Y si me niego? ¿Si sigo luchando?
Su sonrisa se ensancha. Encuentra la pregunta divertida