DiegoLa rabia.No es una emoción, es una fuerza telúrica. Una ola de lava negra que asciende desde las profundidades de mi ser, quemándolo todo a su paso: el frío cálculo, el desapego habitual, la siniestra curiosidad que me había dominado frente a ella. Todo queda reducido a cenizas bajo la intensidad pura, blanca, de la furia.El chasquido de su palma contra mi mejilla aún resuena en mi cráneo, un eco metálico que rebota contra las paredes de mi cerebro. La sensación, primero: la sorpresa, casi física, del impacto. Luego el ardor, vivo, agudo. Y por fin, el silencio. El silencio absoluto que siguió, más insultante que cualquier grito.Nadie. Nadie me golpea a mí.No desde que salí de los bajos fondos de Tepito, con las manos sucias y el corazón ya endurecido. No desde que grabé mi nombre en la carne podrida de esta ciudad. El Halcón. Al halcón no se le golpea. Se le teme, se le huye, se le paga o se muere.Pero no se le abofetea.Camino por las calles de la Noche, los puños tan apr
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