MAX.Le quito el plato de comida de enfrente. El apetito se le ha esfumado por completo, pero a mí la furia me está abriendo un vacío en el estómago que necesito llenar con algo. Empiezo a devorar el desayuno que le han traído a Valentina, masticando con una calma fría, calculadora, mientras mi mente asimila la magnitud de la porquería que me acaba de soltar.Le doy un trago largo al café negro, dejando que el amargor me asiente las ideas.—¿Victoria sabe de esto? —le pregunto, clavando mis ojos en los suyos sobre el borde de la taza.Valentina niega con la cabeza de inmediato, limpiándose las comisuras de los ojos con un pañuelo arrugado.—No. Nunca se lo dije, jamás se lo expresé así —confiesa, con la voz apagada—. Aunque... dios, Maximiliano, nunca dejé de insinuarle lo asqueroso que era su esposo. Cada vez que podía, soltaba un comentario, una advertencia, una indirecta sobre la clase de basura que tenía al lado. Pero fui demasiado cobarde para ser clara. Sin embargo, Victoria...
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