VICTORIA.
Los gritos de fondo de los pacientes y el llanto de los niños parecen no afectarle en lo más mínimo. Se detiene a unos metros de nosotras, baja el cañón del arma y fija esos ojos grises y desprovistos de alma directamente en mí.
—Nunca pensé volver a verte, Victoria —suelta con su marcado acento pesado, estirando los labios en una sonrisa fría que no llega a sus ojos.
Valentina, que está pegada a mi costado temblando como una hoja, aprieta los dedos en mi chaqueta. Su voz me llega en