MAX.
Le quito el plato de comida de enfrente. El apetito se le ha esfumado por completo, pero a mí la furia me está abriendo un vacío en el estómago que necesito llenar con algo. Empiezo a devorar el desayuno que le han traído a Valentina, masticando con una calma fría, calculadora, mientras mi mente asimila la magnitud de la porquería que me acaba de soltar.
Le doy un trago largo al café negro, dejando que el amargor me asiente las ideas.
—¿Victoria sabe de esto? —le pregunto, clavando mis ojo