VICTORIA.
Cada segundo que pasa es una tortura que se me clava en el pecho. Me quedo fija contra la pared, con los ojos clavados en el pasillo vacío por donde Sergie se llevó a mi hermana. Siento que me están arrancando el corazón a pedazos; la impotencia me dobla el cuerpo y me muerde las entrañas. Intento aguzar el oído, aislando el llanto de los niños y los murmullos aterrorizados de los demás rehenes, buscando desesperada cualquier grito de auxilio, un golpe o una señal que me indique que l