VICTORIA—¿Tu prometida? ¡Por favor! —Tania suelta una carcajada amarga y da un paso hacia mí, acortando la distancia—. Es una mosquita muerta, una cazafortunas que supo mover bien las cartas. No te hagas la digna, Victoria. Sé perfectamente quién eres. Qué conveniente, ¿no? Enredarte con el jefe para salir de la miseria. No eres más que una oportunista de poca cosa.El insulto me golpea directo en el pecho, pero las palabras de Maximiliano en el auto me resuenan en la cabeza: sé como eres, no te dejes de nadie. Doy un paso al frente, sosteniéndole la mirada fría a la mujer.—Se equivoca, señora Markov —le espeto, con una voz impecable, carente de sumisión—. Conozco mi valor y el trabajo que realizo. Si estoy aquí, es porque su hijo me lo pidió, no porque necesite colgarme de su apellido.—¡Suficiente, Tania! —ruge Maximiliano, interponiéndose entre las dos, con los ojos inyectados en rabia—. No voy a tolerar que le faltes el respeto a mi mujer en mi propia casa. Si no puedes comporta
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