VICTORIA
—Si aceptas ser mi esposa, tendrías todo el dinero del mundo en la palma de tu mano —me suelta, directo, sin un solo adorno—. No tendrías que preocuparte por oficinas, ni por horarios, ni por el costo de este hospital. Pero eso está en ti. Piénsalo.
Le sostengo la mirada, tensando la mandíbula.
—No pierdes el tiempo para presionarme con eso, ¿verdad? Incluso con mi sobrino en una camilla.
Maximiliano no se inmuta ante mi reproche. Su mano baja de mi mejilla hasta mi hombro, apretándolo