MAX.
Cuando la unidad móvil se detuvo, las puertas traseras se abrieron y bajaron la camilla de Enzo. El niño se veía diminuto entre tantas mangueras y cables, con la piel alarmantemente pálida. Detrás de él venía Victoria, con los ojos hinchados pero la barbilla en alto, sosteniendo la mano de su hermana Valentina, que caminaba como un fantasma, arrastrando los pies y con la mirada perdida en el pavimento.
El doctor Luisana se hizo cargo de inmediato. Su equipo se movió con una precisión que e