ANGELITO

MAX.

No pegué un ojo en toda la noche. El sillón incómodo de la sala de espera del hospital público me destrozó la espalda, pero el verdadero malestar lo traía por dentro. Cada vez que cerraba los párpados, veía la marca roja en la mejilla de Victoria y la cara de imbécil de su esposo antes de que le reventara el puño en la frente. Regresé a mi casa a las cinco de la mañana, con el sabor amargo de la impotencia y la camisa impregnada de olor a hospital y tabaco rancio.

Me di una ducha con el ag
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