VICTORIA.
—¿Me estás pidiendo que sea su puta? —le suelto, toda indignada, soltando el vestido que tenía en las manos como si quemara.
Valentina se ríe, esa risa ligera que siempre usa para restarle peso a las verdades incómodas.
—Si lo dices de esa manera suena feo —responde, encogiéndose de hombros mientras se sienta en el borde de la cama—. Solo digo que aproveches la situación. Mira a tu alrededor, Victoria. Te dio este apartamento; conviértelo en tuyo, que pase a tu nombre. Te dio esta rop