VICTORIA.
La puerta se cierra y el aire en el despacho se vuelve pesado. Maximiliano no se mueve de su silla, pero su rabia es una corriente eléctrica que llena el espacio. Me mira como si fuera un problema que no puede resolver con un fajo de billetes.
—¿Por qué? —suelta de repente. Su voz es un gruñido bajo—. Tienes la oportunidad de enterrarlo, de que pague por cada maldito engaño y por cada gramo de ceniza que dejó en ese jardín. ¿Y decides dejarlo ir así de fácil?
—No es dejarlo ir, Maximi