MAX.
La puerta se abre de golpe y me detengo en seco. No suelto a Victoria; la mantengo pegada a mi pecho mientras me ajusto la camisa con una mano. Giro la cabeza y veo a mi madre en el umbral.
—¿Ahora usas tu despacho para esto, Maximiliano? —dice ella, recorriendo la sala con una mirada cargada de juicio.
Tania Markov entra con paso firme. Se detiene a unos metros y clava sus ojos en Victoria. La reconoce de inmediato, pero su expresión es de profundo desprecio.
—Madre, deberías haber llamad