MAXIMILIANO.Entro en mi despacho y cierro la puerta, dejando fuera el ruido y los problemas por un momento afuera. Me desabrocho el botón superior de la camisa mientras me siento frente a los monitores. Con un clic, me conecto a la videoconferencia. Los rostros de los directivos de la Fórmula 1 aparecen en pantalla. Es una reunión crucial; necesito que el plan de asistencia para el Gran Premio sea impecable para mantener a mis clientes más pesados.—Caballeros —digo, apoyando los codos sobre el escritorio de cristal sin perder tiempo en saludos—. Olviden el marketing tradicional. No estamos vendiendo entradas para ver coches dando vueltas; estamos vendiendo el acceso al evento más exclusivo y peligroso del año.Les proyecto la campaña. Nada de imágenes familiares. Es pura estética de alto impacto: el rugido de los motores, el asfalto quemado y la sensación de que, si no estás en las gradas, no existes.—La gente tiene que sentir que el Gran Premio es el epicentro del poder. Queremos
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