MAX.Las palabras me golpean en el pecho como si me callera un edificio encima, juro que si. Me quedo estático en la silla, con la mano sana todavía sosteniendo sus dedos, congelado por la frialdad de su mirada. No hay rastro de reconocimiento en sus ojos; solo una confusión profunda, una distancia vacía que me hiela la sangre.—¿A qué te refieres con eso, Victoria? —le pregunto, forzando la voz para que suene firme, aunque el pulso me late con violencia en los oídos—. Deja de jugar. Mírame bien.Ella aparta su mano de la mía con lentitud, un movimiento débil pero tajante que me aparta de su espacio. Se mira las uñas, luego el yeso que cubre su propio brazo izquierdo y finalmente regresa a mí, encogiéndose ligeramente de hombros sobre la almohada.—No estoy jugando...necesito una explicación, que haces aquí y porque estabas tan cerca de mi—su voz sale pastosa, arrastrando las letras por culpa del sedante, pero la seguridad con la que me desconoce es implacable.—Soy tu esposo, Victori
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