VICTORIA.
Han pasado dos días desde que abrí los ojos en esta maldita cama de hospital y el mundo sigue sin tener el menor sentido. Me miro el dedo anular de la mano derecha: ahí está un anillo de oro, pesado, costoso, que brilla bajo la luz blanca del techo. Me parece una aberración. No puedo asimilar que soy la esposa de mi jefe, el gran Maximiliano Markov, el hombre millonario y distante para el que organizaba archivos en la agencia de publicidad.
Lo peor no es el anillo. Lo peor es lo que v