MAXEntre varios me someten contra el colchón. Siento el pinchazo frío de una aguja en el muslo derecho.—Inyéctenle el tranquilizante, rápido —escucho decir al médico antes de que la sustancia empiece a correr por mis venas, apagándome los músculos y hundiéndome de nuevo en un letargo espeso que no puedo combatir.Cuando vuelvo a abrir los ojos, el panorama ha cambiado. La luz del sol ya no entra por la ventana; es de noche. El mareo es menor, pero el brazo me pulsa con un dolor sordo y constante.Esta vez, Tania ya no está en la silla. En su lugar, Igor está de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en el pasillo exterior. Al escuchar el crujido de la cama, se gira de inmediato. Su rostro está serio, cansado, con unas ojeras profundas que demuestran que no ha dormido en las últimas setenta y dos horas.—Te diste un buen viaje con ese sedante, Max —dice Igor, caminando hacia el borde de la cama—. Tienes que calmarte, hermano. Tranquilízate de una puta vez. E
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