MAX.
Las palabras me golpean en el pecho como si me callera un edificio encima, juro que si. Me quedo estático en la silla, con la mano sana todavía sosteniendo sus dedos, congelado por la frialdad de su mirada. No hay rastro de reconocimiento en sus ojos; solo una confusión profunda, una distancia vacía que me hiela la sangre.
—¿A qué te refieres con eso, Victoria? —le pregunto, forzando la voz para que suene firme, aunque el pulso me late con violencia en los oídos—. Deja de jugar. Mírame bie