MAX.
Maksim Markov da un paso al frente, invadiendo el espacio de la habitación con esa maldita arrogancia que lo caracteriza. Lleva las manos metidas en los bolsillos de su abrigo de lana oscura, la barbilla en alto y esa sonrisa ladina, asquerosa, torcida en el rostro. Su sola presencia aquí, tres días después de que un maldito vehículo nos sacara de la carretera y me arrebatara a mi hijo, es una declaración de guerra directa. No tiene un ápice de vergüenza. Es el cinismo puro encarnado en mi