VICTORIAEn cuanto entramos, la marea de invitados se nos viene encima. Nos movemos por el salón con paso estratégico. Un hombre alto, de cabello canoso y cicatriz en la mejilla, se acerca con una copa de vodka en la mano.—Felicidades, Markov —dice, chocando su copa con la de Maximiliano—. Una mujer hermosa. Esperemos que esta alianza traiga la estabilidad que los muelles necesitan.—La estabilidad la aseguro yo con mis métodos, Vollov, pero agradezco el gesto —responde Maximiliano con una sonrisa gélida que corta cualquier intento de exceso de confianza.Una mujer de la alta sociedad rusa, enjoyada hasta los dientes, me toma de las manos con una falsedad que se huele a un kilómetro de distancia.—Victoria, querida, estás espectacular. El vestido es una delicia de simplicidad. Una Markov perfecta. Que Dios te dé paciencia para lidiar con el temperamento de estos hombres.—No necesito paciencia, me basta con la firmeza —le respondo, sosteniéndole la mirada con amabilidad fingida hasta
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