MAX.
El estruendo del metal retorciéndose es lo último que escucho antes de que el mundo se vuelva un maldito caos. El todoterreno nos embiste por el flanco derecho con la fuerza de un tren de carga. El volante me da un latigazo violento en las manos, rompiéndome el agarre, y el sedán blindado sale proyectado de lado como si fuera de papel.
Lucho por enderezar la trayectoria. Los músculos de los brazos se me tensan al límite, pero la inercia es implacable. La banqueta de concreto aparece en mi