MAX
Entre varios me someten contra el colchón. Siento el pinchazo frío de una aguja en el muslo derecho.
—Inyéctenle el tranquilizante, rápido —escucho decir al médico antes de que la sustancia empiece a correr por mis venas, apagándome los músculos y hundiéndome de nuevo en un letargo espeso que no puedo combatir.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el panorama ha cambiado. La luz del sol ya no entra por la ventana; es de noche. El mareo es menor, pero el brazo me pulsa con un dolor sordo y consta