MAX.
Es sábado. Ha pasado una semana desde el impacto en la carretera, una maldita semana que se siente como un siglo estancado. El reloj de pared de mi oficina marca las diez de la mañana. Me miro en el reflejo del ventanal de cristal de mi empresa de publicidad: el brazo izquierdo sigue inmovilizado por el yeso, oculto a medias bajo el abrigo que me acomodé sobre los hombros, y el dolor de las costillas es un recordatorio punzante de que sigo vivo.
Pero lo que de verdad me quema la sangre es