VICTORIA
Siento un escalofrío directo en la espalda por la intensidad de sus palabras y la firmeza de su agarre.
—Controla tus impulsos, Markov —le digo en voz baja, con una pizca de diversión desafiante, aunque el pulso se me acelera—. Hay cien ojos de la mafia mirándonos ahora mismo. Mantén la compostura de jefe.
—Que miren lo que quieran, ya saben que eres mía —sentencia él, rompiendo la distancia para rozar sus labios contra mi oreja, haciéndome vibrar—. Pero tienes razón. Voy a contenerme