VICTORIA.
Entro a la oficina con el pulso todavía acelerado por la discusión con Tania. Al empujar la puerta, me detengo, ya Max está detrás de su escritorio, colgando el teléfono y no de buena manera, lo tira practicamente. La expresión de su rostro es pura piedra, con las facciones tensas y por su mirada encendida, me doy cuenta que algo salió muy mal.
—¿Qué pasa, Max? —le pregunto, dando un paso rápido hacia el escritorio—. Tu cara me dice que no son buenas noticias.
—Adel se escapó —suelta,