MAX.
—Deja de moverte así, vas a desgastar la alfombra del camerino antes de salir —dice Igor, recostado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados.
Me acomodo los puños de la camisa blanca con un tirón brusco. Siento el cuello más ajustado de lo normal. La tela me asfixia.
—Cállate, Igor. No estoy de humor para tus idioteces.
—Mírate. Estás sudando, Markov —Igor suelta una risa corta, de esas que me dan ganas de romperle los dientes de un solo golpe—. Jamás pensé que vería al gran Ma