VICTORIA.Al salir de la cafetería, el cielo de Moscú empieza a oscurecerse. Nos subimos al auto y Max arranca, incorporándose al flujo del tráfico con la misma calma de siempre. Apoyo la cabeza en el respaldo y lo miro de reojo mientras maneja.—No sabía que fueras así, Max —le digo, rompiendo el silencio del habitáculo.Él mantiene la vista al frente, con las manos firmes en el volante.—¿Así cómo? —pregunta, plano.—Un héroe de pasillo —respondo, con una ligera sonrisa—. Lo que contó Leone. Defender a alguien que no conocías de nada, solo porque era lo correcto. En tu mundo, la mayoría habría mirado hacia otro lado para no meterse en problemas.Max suelta un bufido seco, casi imperceptible, y dobla en una esquina.—No te confundas, Victoria. No lo hice por heroísmo —sentencia, directo y sin adornos—. Detesto a los débiles que necesitan un grupo para sentirse poderosos. Esos imbéciles usaban sus apellidos para pisotear a alguien que estaba solo, y el apellido de mi familia pesaba el
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