La biblioteca “Solís & Rivera” celebraba ese día su vigésimo aniversario. El local estaba lleno de gente: antiguos lectores, vecinos del pueblo, algunos escritores locales y toda la familia reunida.Mateo, con 52 años, el cabello completamente plateado y una barba bien cuidada, observaba todo desde el mostrador principal. Johanna estaba a su lado, más hermosa que nunca, con algunas canas que ella llevaba con orgullo. A sus 48 años seguía teniendo esa mirada cálida que lo había salvado tantas veces.Luna, ahora de 29 años, era la que más se parecía a su padre. Alta, de cabello oscuro y ojos penetrantes, acababa de publicar su segunda novela. Estaba firmando ejemplares en una mesa cerca de la ventana, rodeada de lectores jóvenes.Daniel, de 24 años, estudiaba Arquitectura en la capital pero había vuelto para la ocasión. Estaba ayudando a organizar las sillas para el pequeño evento que tendrían más tarde.Sofía, la menor con 19 años, era la que más se parecía a Johanna. Tenía su misma so
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