La biblioteca estaba sumida en una oscuridad casi total cuando llegaron esa noche. Solo las luces del sótano estaban encendidas, proyectando sombras largas y temblorosas en las paredes.
Mateo entró primero, con la mano de Johanna fuertemente apretada en la suya. Detrás venía Doña Rosa, apoyada en su bastón, y la pequeña Valeria, que caminaba en silencio, aferrada a la mano de su madre. La niña no lloraba, pero sus ojos grandes reflejaban un miedo que no correspondía a su edad.
—Esto es lo que q