El sótano de la biblioteca estaba iluminado solo por velas rojas y blancas. El aire olía a incienso, sangre seca y miedo.
Mateo estaba de pie en el centro del círculo, sin camisa, con el torso cubierto de símbolos antiguos dibujados con ceniza y su propia sangre. Su mano izquierda sangraba lentamente sobre la placa de mármol donde Valeria había desaparecido años atrás.
Johanna estaba sentada en el borde del círculo, abrazando con fuerza a la pequeña Valeria. La niña tenía los ojos muy abiertos,