Mateo no durmió esa noche.
Se quedó sentado en la silla junto a la ventana de la casa segura, con la escopeta cargada sobre las piernas y los ojos fijos en la oscuridad del bosque. Johanna dormía con la pequeña Valeria abrazada a su pecho. El silencio era tan denso que podía escuchar su propia respiración.
Hacia las cuatro de la mañana, lo sintió de nuevo.
No era la brisa plateada de Valeria. Era algo pesado, antiguo y lleno de malicia. Los árboles al borde del claro se movieron sin viento. Una