Veinticinco años habían pasado desde aquella noche definitiva en el sótano.
La biblioteca Valeria Solís celebraba su aniversario con una fiesta grande. Globos blancos y plateados flotaban cerca del techo, mesas con comida llenaban el primer piso y niños corrían entre las estanterías riendo. Un gran cartel colgaba sobre la entrada: “25 años iluminando vidas”.
Mateo Rivera, ahora de 62 años, caminaba despacio apoyado en un bastón. Su cabello era completamente blanco, pero su mirada seguía siendo