Veinte años habían pasado desde la noche en que Lucía Rivera rompió el ciclo.
La biblioteca Valeria Solís ya no era solo un edificio. Se había convertido en un símbolo vivo del pueblo, un lugar donde las personas iban no solo a leer, sino a sanar. El Jardín de las Cuatro Generaciones era ahora el corazón del lugar: un espacio abierto con rosas blancas que florecían todo el año, bancos de madera y una placa de mármol que decía:
“Aquí descansan los que amaron sin medida.
Que su legado sea paz par